Sobre los populistas y sobre los populares

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14 noviembre 2016

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Después del cataclismo mediático producido por la reciente victoria de Trump en las elecciones de los Estados Unidos de América, me acabo de sentar a intentar poner en orden una serie de ideas que llevan unos días rondándome, sobre todo en cuanto al generalizado término acusatorio de populista que tiene adjudicado el presidente electo.

Siempre me ha parecido un buen comienzo, cuando se trata de ordenar conceptos empezar por las definiciones de la real academia de la lengua, veamos:

  • Populista: partidario del populismo.
  • Populismo: Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares.
  • Popular:
    • adj. Perteneciente o relativo al pueblo.
    • adj. Que es peculiar del pueblo o procede de él.
    • adj. Perteneciente o relativo a la parte menos favorecida del pueblo.
    • adj. Que está al alcance de la gente con menos recursos económicos o con menos desarrollo cultural.
    • adj. Que es estimado o, al menos, conocido por el público en general

 

Entonces el populismo es la tendencia política que pretende atraerse a las clases populares… vamos, lo que intentan todos los partidos políticos entre otras cosas porque no hay otra forma de ganar las elecciones, ya que desgraciadamente las clases populares son cada vez más numerosas.

Es difícil encontrar diferencias entonces entre lo populista y lo popular, al menos desde su significado real, aunque claramente el concepto popular tiene connotaciones mucho menos peyorativas (tanto que sirve como enseña del partido que gobierna nuestro país), que el concepto populista.

Haciendo memoria de lo que la opinión pública nos ha ido machacando en los últimos años, hay una vinculación directa entre el concepto populista y el discurso de prometer imposibles: cosas imposibles a sabiendas de que no se pueden cumplir.

Desde este otro enfoque la primera propuesta es evidente: que tire el inocente la primera piedra: todos los partidos en periodo electoral prometen a sabiendas lo que no se puede cumplir y de hecho nuestro presidente ganó sus primeras elecciones bajo la premisa de no hacer lo primero que hizo que fue subir los impuestos. Tanto es así, que ahora nuestros responsables políticos, cuando hablan del nuevo presidente americano, rezan precisamente para que no cumpla lo que prometió en las elecciones y dicen si rubor que una cosa es lo que se dice en periodo electoral y otra lo que se puede hacer cuando se tienen responsabilidades de gobierno.

Una segunda diferencia muy recurrente en la opinión publica actual para definir el triunfo del populismo en EEUU es que el Sr. Trump ha ganado a base de asustar a las clases populares convenciéndolas de que las cosas no podían seguir por el camino que llevaban.

Pues bien, aquí las cosas tampoco han sido muy diferentes: nuestro presidente ha ganado las elecciones a base de asustar a las clases populares convenciéndolas de que él es el único que puede mantener las cosas por el camino que llevan.

Ambas victorias tienen un denominador común muy claro: el miedo como forma de captar votos en las clases populares, pero tienen una primera gran diferencia: el discurso de nuestro presidente popular es de mantenimiento del estatus y el del nuevo presidente americano es más disruptivo. Debe ser que aquí estamos mejor que allá.

Término curioso el de “Disruptivo” que define la real academia como rotura o interrupción brusca, porque en el mundo del emprendimiento está muy bien visto (diferenciales competitivos…) pero la opinión pública lo convierte (seguramente con bastante mala idea) en un término similar pero más peyorativo: antisistema.

La real academia define antisistema como contrario al sistema social o político establecido.

Seguramente seamos mayoría los que entendemos que hacen falta cambios bruscos en el sistema, que hay muchas cosas en los poderes políticos, financieros y de comunicación, y  que tienen que cambiar mucho y pronto,  y por tanto podamos ser acusados de disruptivos o antisistema sin que sin embargo seamos defensores de ninguna opción radical, y puede que ésta sea una de las causas de que ni los partidos políticos ni las empresas de sondeo estén acertando a entender que está pasando en la sociedad actual: somos muchos más los que exigimos esos cambios de lo que ellos creen.

También entiendo que los verdaderos responsables de que aparezcan estas opciones radicales que consiguen ganar elecciones, y que ahora nos asustan a todos, son nuestros dirigentes, que lo único que han pretendido a lo largo de estos años es que la factura la pague otro y que salgamos de la crisis sin que cambie nada en cuanto a las estructuras de poder se refiere. Si hubieran sido más valientes y reformistas no estaríamos ahora donde nos encontramos.

 

 

 

 

 

 

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